La paradoja de la matrícula universitaria en México: cuando Artes y Humanidades se disparan a nivel nacional pero carreras emblemáticas están en riesgo de desaparecer
En mayo de 2026, la rectora de la Universidad de Guadalajara (UdeG), Karla Planter, publicó en la plataforma X una afirmación que resume una preocupación compartida por buena parte del sistema de educación superior en México: “Cada vez más jóvenes están dejando de elegir carreras de ciencias sociales y humanidades”. Unos días antes, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ponía sobre la mesa la posible desaparición de al menos 17 licenciaturas que, año tras año, registran más plazas disponibles que aspirantes, muchas de ellas ubicadas precisamente en el campo de las humanidades, las ciencias sociales y algunas disciplinas científicas interdisciplinarias.
Sin embargo, los datos duros de la matrícula nacional de licenciatura entre los ciclos 2020-2021 y 2024-2025, reportados por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), cuentan una historia mucho menos lineal sobre qué es la eduación superior en México y cómo se comporta su matricula: el área de Artes y Humanidades registró un crecimiento del 31%, muy por encima del conjunto de Ciencias Sociales y Derecho, que apenas avanzó un 10%, e incluso por delante de campos de alta demanda como las Tecnologías de la Información y la Comunicación (+20%) o las Ciencias de la Salud (+21%). A ello se suma que el área de Servicios escaló un 29%, mientras que Ingeniería, Manufactura y Construcción y Ciencias Naturales, Matemáticas y Estadística retrocedieron levemente.
¿Cómo explicar esta aparente contradicción? ¿Estamos ante una crisis generalizada de las humanidades y las ciencias sociales o, por el contrario, ante una reconfiguración marcada por el interés desigual de la juventud mexicana en la educación superior? La respuesta, como suele ocurrir en los fenómenos educativos, es compleja y exige que las instituciones miren más allá de los titulares del momento.
En este post analizaremos una parte de la complejidad del comportamiento de la matrícula de licenciatura en México, enmarcaremos en esa dinámica acciones como la instalación del Consejo Académico de Ciencias Sociales y Humanidades en la UdeG, y explicaremos por qué las universidades mexicanas deben prestar mucha atención a las nuevas dinámicas de la matrícula para ofertar una educación pertinente, inclusiva y sostenible.
Cada vez más jóvenes están dejando de elegir carreras de ciencias sociales y humanidades. No es un dato menor: ahí se forman las miradas críticas, la comprensión del entorno y las preguntas que nos definen como sociedad. Si esas áreas pierden fuerza, perdemos también capacidad… pic.twitter.com/8KEkRoAqyy
— Karla Planter (@KarlaPlanter1) May 5, 2026
Lo que dicen los números nacionales: una fotografía llena de matices
Los datos de la ANUIES sobre la matrícula de licenciatura en México para el periodo de 2020-2021 a 2024-2025, desagregados por grandes áreas de conocimiento, permiten trazar un panorama que desafía los lugares comunes:
Estas cifras revelan dinámicas muy diferenciadas que es indispensable interpretar con cuidado:
Artes y Humanidades lidera el crecimiento. Con un avance del 31%, este campo se consolida como el más dinámico del periodo, muy por encima del promedio del sistema. Este dato resulta sorprendente para quienes sostienen que “las humanidades están en crisis” y obliga a preguntarse qué subdisciplinas explican ese repunte. Una hipótesis plausible es que, dentro de esta agregación, conviven tanto carreras tradicionales (Filosofía, Historia, Letras) como un abanico de programas emergentes o renovados con fuerte orientación creativa y digital: diseño, artes visuales, producción musical, animación, gestión cultural. La frontera entre las humanidades clásicas y las industrias creativas se ha desdibujado, y es probable que sean estas últimas las que impulsen la matrícula al alza. Como veremos más adelante, ello no significa que todas las carreras humanísticas gocen de buena salud.
Servicios: un gigante emergente. El área de Servicios –que incluye licenciaturas relacionadas con turismo, hospitalidad, gastronomía, seguridad y cuidados personales– creció un 29%, mostrando una pujanza que refleja tanto la terciarización de la economía mexicana como la percepción de que estas ocupaciones ofrecen una inserción laboral rápida. Este dato es relevante porque interpela directamente a las ciencias sociales: probablemente, no es que todos los jóvenes rechacen las carreras no técnicas en bloque; más bien, optan por opciones que consideran más conectadas con la experiencia inmediata y con el mercado laboral visible.
Salud y TIC mantienen su pujanza, pero sin estridencias. Ciencias de la Salud (+21%) y Tecnologías de la Información (+20%) continúan atrayendo estudiantes de manera sostenida, impulsadas por la demanda de profesionales sanitarios y digitales. Sin embargo, su crecimiento porcentual es menor que el de Artes y Humanidades y Servicios, lo que sugiere que la explosión de la matrícula en esos campos podría estar moderándose o encontrando límites de capacidad institucional.
Ciencias Sociales y Derecho crecen por debajo de la media. Con un incremento de apenas el 10%, este extenso campo –que abarca desde la Sociología y la Ciencia Política hasta el Derecho– muestra un ritmo casi vegetativo. Aunque sigue siendo el segundo bloque más grande del sistema, su desaceleración es una señal de alerta, sobre todo porque concentra precisamente las disciplinas que la rectora Planter y la UNAM identifican como “en crisis”.
Administración y Negocios, casi estancados. A pesar de que en este campo se concentra la matrícula más elevada, un crecimiento del 6% en un área que tradicionalmente ha sido la más demandada del país sugiere saturación, pérdida de atractivo relativo o incluso un desplazamiento de la preferencia hacia los servicios especializados.
Ingenierías y Ciencias Naturales, en terreno negativo. La leve contracción en Ingeniería, Manufactura y Construcción (-1%) y, más marcadamente, en Ciencias Naturales, Matemáticas y Estadística (-4%) completa un mapa en el que las disciplinas STEM más duras no están logrando retener ni atraer al mismo ritmo que las áreas creativas y de servicios. Esto plantea un mayor desafío para un país que aspira a la soberanía tecnológica y a la innovación.
La primera gran conclusión de los datos nacionales es, pues, que no existe una crisis uniforme de las humanidades ni de las ciencias sociales. A escala agregada, el área de Artes y Humanidades es la que más crece, mientras que el gran bloque de Ciencias Sociales y Derecho se expande lentamente y algunas ingenierías decrecen. La caída en la demanda que señalan tanto la rectora de la UdeG como las autoridades de la UNAM no es, por tanto, un reflejo exacto del país en su conjunto: es un fenómeno que se manifiesta con especial intensidad en ciertas instituciones, programas y regiones.
La UNAM y el riesgo de cerrar licenciaturas: una crisis focalizada
El caso de la UNAM, ampliamente documentado en medios y en la propia información institucional, es el ejemplo más visible de cómo la baja demanda puede poner en jaque programas académicos específicos. De acuerdo con la Dirección General de Administración Escolar, en el proceso de ingreso de 2025 fueron 17 las licenciaturas que no cubrieron los espacios ofertados. Algunas de ellas apenas recibieron un aspirante por cada lugar; otras tuvieron menos postulantes que asientos. La mayoría está ubicada en las sedes foráneas de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES Morelia, León y Mérida) y en algunas facultades de Ciudad Universitaria.
La lista de casos críticos incluye programas como Desarrollo Comunitario para el Envejecimiento (4 aspirantes para 7 lugares), Geografía Aplicada (5 para 23), Etnomusicología (9 para 20), Geohistoria (11 para 29) y varias Lenguas y Literaturas Modernas (portuguesas, alemanas, francesas) en la Facultad de Filosofía y Letras. En total, estas carreras sumaron menos de 600 aspirantes para más de 600 lugares, mientras que tan solo tres opciones —Medicina, Derecho y Contaduría— concentraron más de 47.000 solicitudes para unas 2.200 plazas.
¿Qué explica esta asimetría tan pronunciada? La propia UNAM ha identificado causas múltiples y entrelazadas:
Desinformación y falta de difusión. Muchos jóvenes desconocen el objeto de estudio y, sobre todo, el campo laboral de disciplinas como las Geociencias, la Ciencia de Materiales Sustentables o la Etnomusicología. Existe la percepción errónea de que son carreras “sin futuro”, a pesar de que, en varios casos, mantienen una alta vinculación con sectores tecnológicos y ambientales en crecimiento y ofrecen tasas de empleo superiores al 92%.
Nombres crípticos que no comunican valor. Licenciaturas como “Desarrollo y Gestión Interculturales” o “Geohistoria” no logran traducir su pertinencia práctica al imaginario de los aspirantes y sus familias. En la era de la inmediatez informativa, un título poco intuitivo equivale a una barrera de entrada.
Naturaleza de reciente creación y de bajo reconocimiento social. Muchas de estas carreras fueron diseñadas con enfoques interdisciplinarios innovadores, pero no han tenido tiempo para construir un prestigio social comparable al de las profesiones liberales. En el caso de las ENES, además, operan en entornos regionales donde la tradición universitaria de la UNAM es menos densa y la competencia con otras instituciones, así como la opción de migrar a ciudades más grandes, es real.
Presión socioeconómica y espejismo de las carreras masivas. La investigaciones del IISUE y de otros centros señalan que un número creciente de jóvenes opta por trabajar antes que estudiar, o por carreras que perciben como vía rápida al empleo, aun cuando los datos muestren que otras opciones menos demandadas ofrecen igual o mejor retorno.
La respuesta institucional de la UNAM ha sido cautelosa. La secretaria general, Patricia Dávila Aranda, subrayó que la revisión no implica un cierre automático, pero tampoco lo descarta si, tras un proceso serio de actualización, la demanda no repunta. El rector Leonardo Lomelí añadió que se buscarán estrategias de difusión y, posiblemente, un segundo periodo de registro. No obstante, la sola posibilidad de cierre ha encendido un debate sobre si la viabilidad de un programa universitario debe medirse únicamente por la cantidad de aspirantes, o si la responsabilidad social de la universidad pública le obliga a mantener ciertas áreas estratégicas aunque sean minoritarias.
La iniciativa de la UdeG: anticiparse con innovación antes que reaccionar con cierres
En este contexto de señales mixtas entre los datos nacionales y los casos institucionales, la decisión de la rectora Karla Planter de instalar el Consejo Académico de Ciencias Sociales y Humanidades en la Universidad de Guadalajara cobra especial relevancia. Lejos de adoptar una postura defensiva o de administrar decrementos, la UdeG parece optar por una estrategia de anticipación: reunir a académicas y académicos para revisar, actualizar y proyectar las carreras con una visión cercana a las y los jóvenes.
Este movimiento es coherente con los datos nacionales: si las humanidades crecen un 31% pero ciertas carreras de ciencias sociales se estancan, el problema no es necesariamente del campo de conocimiento en su conjunto, sino de la pertinencia y atractivo de programas específicos. El consejo de la UdeG se propone justamente ese tipo de intervención: analizar currículos, incorporar nuevas prácticas pedagógicas, fortalecer la vinculación laboral y, muy importante, “traducir” el valor de estas disciplinas a un lenguaje que conecte con las aspiraciones de la juventud.
La iniciativa es, además, una clara señal de que las instituciones no pueden seguir gobernando la oferta académica con los mismos instrumentos del siglo XX. Se requiere diálogo colegiado, sí, pero también capacidad para interpretar los datos con inteligencia y actuar antes de que la baja matrícula obligue a decisiones traumáticas. En ese sentido, el consejo de la UdeG es un ejemplo de buena práctica que otras universidades podrían replicar.
La complejidad de la matrícula: mucho más que oferta y demanda
Lo que revela ese análisis es un fenómeno multicausal que no puede reducirse a la narrativa simplista de “los jóvenes ya no quieren humanidades ni ciencias sociales”. La realidad es más rica y obliga a las instituciones a afinar sus diagnósticos.
a) La paradoja de las humanidades: crecimiento general, crisis selectiva
Los datos nacionales muestran un crecimiento sorprendente de Artes y Humanidades, pero eso no significa que todas sus carreras gocen de buena salud. Probablemente, los incrementos se concentran en disciplinas creativas, diseño, artes digitales o gestión cultural, mientras que las humanidades clásicas –lenguas clásicas, filosofía pura, historia antigua– enfrentan dificultades. La clave, entonces, no es hablar de “crisis de las humanidades” en genérico, sino identificar qué tipo de oferta humanística está respondiendo a las necesidades y aspiraciones del presente y cuál requiere una actualización profunda.
b) El atractivo de los servicios frente a la saturación de las carreras tradicionales
El crecimiento del 29% en licenciaturas relacionadas con Servicios sugiere que muchos jóvenes están eligiendo trayectorias que perciben como más prácticas y con una demanda laboral tangible, aunque no necesariamente mejor remuneradas o con mayor movilidad social. Eso interpela directamente a las ciencias sociales y a la administración: si antes los jóvenes optaban por contaduría o administración como “seguro de empleo”, ahora podrían desplazarse hacia la hotelería, la gastronomía o el turismo, que parecen ofrecer experiencias laborales más inmediatas. Las universidades deben preguntarse si sus programas sociales y de negocios están comunicando adecuadamente su valor agregado a largo plazo.
c) La dimensión geográfica importa, y mucho
La mayoría de las carreras en riesgo en la UNAM están ubicadas en campus foráneos. Esto indica que la descentralización de la oferta, aunque pertinente en el papel, no se logra con el mero hecho de abrir una sede. Se necesitan estrategias de difusión y vinculación regionales muy potentes, además de diseños curriculares que dialoguen genuinamente con el entorno social y económico local. La misma lógica se aplica a otras universidades con presencia en múltiples territorios.
d) El factor comunicación no es accesorio, es estratégico
La desinformación detectada por la UNAM es un obstáculo enorme. Los jóvenes y sus familias toman decisiones vocacionales con base en información fragmentaria, prestigio heredado y percepciones a veces muy alejadas de la realidad laboral. Las universidades necesitan invertir en una orientación vocacional de nuevo tipo: campañas digitales, testimonios de egresados exitosos, alianzas con bachilleratos y narrativas que hagan visible lo que hoy permanece oculto. Un buen programa académico que nadie conoce está condenado al vacío.
e) La trampa de las decisiones puramente cuantitativas
Aunque la eficiencia administrativa es importante, la universidad pública no puede guiarse únicamente por el número de aspirantes al decidir qué carreras cerrar. Como advirtió Gonzalo Soltero en la revista Común, aplicar la lógica de la hoja de cálculo sin matices es “asfixiar la diversidad”. Hay disciplinas estratégicas (geociencias, lenguas indígenas, estudios interculturales) que difícilmente serán masivas, pero que el país necesita para afrontar retos complejos. Renunciar a ellas por baja demanda sería abdicar de una parte de la misión social universitaria.
Por qué las instituciones deben prestar mucha atención a las nuevas dinámicas
La evidencia reunida apunta a que en un entorno de desaceleración demográfica y recursos limitados, las universidades que no lean con inteligencia los datos de matrícula corren el riesgo de tomar decisiones cortoplacistas o, por el contrario, de mantener inercias que las vuelvan irrelevantes.
Riesgo de miopía institucional
Un análisis superficial de la tabla nacional podría llevar a pensar que todo va bien: las humanidades crecen, la salud y los servicios también. Sin embargo, al cruzar esa información con lo que ocurre en la UNAM y con el diagnóstico de la rectora de la UdeG, se hace evidente que el crecimiento agregado oculta bolsas de crisis. Las instituciones necesitan desagregar sus propios datos por sede, por programa, por modalidad y por perfil de ingreso y actuar en la granularidad antes de que los problemas se vuelvan estructurales.
Diferenciar entre carreras estancadas, emergentes y estratégicas
Una gestión moderna de la oferta académica no puede tratar a todos los programas por igual. Hay carreras que deben actualizarse con urgencia; otras que necesitan mayor difusión; otras que son minoritarias pero estratégicas y merecen protección; y, finalmente, algunas que efectivamente han agotado su ciclo y pueden ser reemplazadas por nuevas propuestas. El Consejo Académico de la UdeG apunta precisamente a construir ese mapa de diferenciación, y la UNAM y otras universidades estarían llamadas a hacer un ejercicio similar en sus sedes.
Incorporar la voz de los jóvenes y del entorno productivo
Los datos de matrícula indican hacia dónde van las preferencias, pero no explican por qué. Para eso se requiere una escucha sistemática: encuestas a aspirantes, seguimiento de egresados, diálogo con empleadores y análisis de las tendencias del mercado laboral, tanto a nivel regional como global. Solo así se podrá diseñar una oferta curricular atractiva, pertinente y flexible. La innovación educativa no consiste en abrir o cerrar carreras, sino en crear ecosistemas de aprendizaje que se adapten de forma continua.
Aprovechar la tecnología y las modalidades híbridas
Parte del desinterés por ciertos programas en sedes foráneas podría deberse a barreras logísticas. Las modalidades semipresenciales o híbridas, ya experimentadas en la ENES Oaxaca, pueden ayudar a reducir los costos de traslado y a hacer más accesibles carreras que, de otro modo, parecen inviables. El crecimiento del área de Tecnologías de la Información demuestra que los jóvenes valoran la flexibilidad; las humanidades y las ciencias sociales pueden aprender de ello sin renunciar a la profundidad formativa.
Reforzar el valor público de las ciencias sociales y las humanidades
Ante un crecimiento tan lento de las Ciencias Sociales y Derecho (10%) y la velocidad que toman las carreras creativas y de servicios, es urgente que las universidades –y la sociedad en su conjunto– recuerden por qué importa tener politólogos, sociólogos, historiadores o filósofos. La rectora Planter lo dijo con claridad: si esas áreas pierden fuerza, “perdemos también capacidad para entendernos y transformarnos”. Las instituciones pueden y deben generar campañas que conecten emocionalmente con la juventud, mostrando que estudiar una ciencia social no es renunciar a la empleabilidad, sino apostar por un tipo de empleabilidad que contribuye a la cohesión social y al pensamiento crítico.
Conclusión: navegar la complejidad con inteligencia institucional
La matrícula de licenciatura en México está enviando señales que ninguna universidad puede ignorar. A nivel nacional, Artes y Humanidades crecen un 31%, Servicios un 29%, y Salud y TIC mantienen su atractivo, mientras que Ciencias Sociales y Derecho avanzan discretamente y las ingenierías y ciencias naturales retroceden. Al mismo tiempo, en una institución tan emblemática como la UNAM, un puñado de carreras de humanidades, ciencias sociales y ciencias interdisciplinarias se asoman al abismo del cierre por falta de aspirantes. Y, desde la Universidad de Guadalajara, su rectora responde a la desafección por las ciencias sociales no con desesperación, sino con un consejo académico que busca revitalizarlas desde la innovación y la escucha.
No hay una única crisis; hay múltiples realidades que conviven. La verdadera complejidad está en saber leer los datos con lupa, distinguir entre lo general y lo particular, y actuar con una combinación de prudencia y audacia. Las instituciones de educación superior que mantendrán su relevancia en la próxima década serán aquellas capaces de transformar sus diagnósticos en estrategias finas: actualizar sin desnaturalizar, difundir sin banalizar, cerrar cuando sea inevitable, pero también proteger cuando sea necesario.
El debate sobre el cierre de licenciaturas en la UNAM es, en realidad, un espejo en el que todas las universidades mexicanas deberían mirarse. Porque la pregunta urgente no es solo si conviene cerrar tal o cual programa, sino cómo se prepara todo el sistema para un futuro con menos jóvenes, más competencia y una demanda social que exigirá, cada vez con mayor fuerza, que la educación superior demuestre su valor intelectual y su utilidad social. Responder con inteligencia, creatividad y compromiso es la tarea que los datos –tan tozudos como esperanzadores– nos plantean.


Comentarios
Publicar un comentario
Nos gustaría leer tus comentarios y sugerencias